Promesas para los que están atribulados


El día en que arribamos a los caminos del Señor, fue sin duda una experiencia gloriosa nunca antes tenida en toda nuestra existencia. Todos llegamos al evangelio con algún problema o necesidad peculiar que nos intranquilizaba mucho; sea cual haya sido nuestra condición de vida antes de llegar al evangelio, no podemos descartar la realidad de que no había paz en nuestros corazones. A partir de ese momento nuestra vida cambió radicalmente, y fuimos llamados a ser parte del reino de Dios. La vida del cristiano no es fácil vivirla, pero tampoco es imposible; no se puede engañar a las personas diciendo que en el evangelio no se sufre o en decirles: ¡pare de sufrir!. Muchos han llegado al evangelio pensando que ahí no se sufre, pero en corto tiempo llegan a comprender que sí se sufre, y se sufre bien, pero ya no como un malhechor, sino como un verdadero cristiano. Si por algo no nos hace renunciar la vida cristiana es porque hemos experimentado el poder de Dios en nuestra vida, y es la única vida gloriosa en donde el hombre puede encontrar la paz para su corazón. Cualquier persona pudiera excusarse en decir que el camino del evangelio es muy difícil, y es la razón que no anda en el. El evangelio es para los valientes y no para cobardes; los valientes sufren, resisten y pelean hasta morir; pero los cobardes temen y salen corriendo a los primeros balazos. Los únicos que pueden arrebatar el reino de los cielos son los valientes, los cobardes no tienen parte ni suerte en esto.

Ser un seguidor de Cristo es abnegarse a uno mismo, es tomar su cruz, y estar dispuesto no solamente a sufrir, sino a dar la vida por Él. Muchas personas quisieron seguir a Jesús, pensando que el evangelio sólo era comer y beber; pero cuando el Señor les declaró que seguirle a Él significaba una abnegación, y un precio que pagar, entonces ellos volvieron atrás. Ese es uno de los problemas que muchas personas tienen en querer seguir a Cristo, pero sin tomar su cruz, en lo que representa sufrir por la causa del Señor. Es por eso que muchas de estas personas cuando ven que sus expectativas no se dan como esperaban, prefieren mejor regresar al camino ancho y fácil, pero que al final es de muerte. Cristo nunca dijo a sus discípulos que por seguirle a Él, ellos iban a ser amados por las gentes, o que no iban a sufrir de nada; al contrario el Señor les dijo que en el mundo tendrían aflicción, serían aborrecidos, y hasta los mataría por causa de Él. Los apóstoles fueron atribulados en todo, sufrieron amenazas, persecusiones, escarnios, azotes, torturas, cárceles, y toda clases de tribulaciones que podamos imaginar; y todo esto fue por causa del nombre de Jesús. Sin embargo, no dejaron de callar lo que habían visto y oído porque no tenían el espíritu de cobardía, sino de poder y dominio propio. Las tribulaciones que estos hombres pasaron fueron perturbadoras, fueron momentos difíciles en sus vidas; pero a pesar así, no retrocedieron. La vida de los primeros cristianos era una vida de muchas tribulaciones y sufrimientos, estos hombres y mujeres se escondían en las catacumbas para alabar a Dios. Muchos fueron martirizados por predicar de Cristo, preferían mejor morir antes de negar al Señor, porque sabían que el morir era ganancia.

Todo cristiano sufre por la causa del Señor; seremos afligidos por el mundo; seremos la burla de los impíos; seremos los débiles de los fuertes; seremos los necios de los sabios; en fin, todo es un antagonismo, pues no somos de las tinieblas, sino luz para este mundo de oscuridad. Ahora se entiende el por qué los cristianos serán atribulados, porque somos parte del reino de Dios, somos diferentes, y ya no practicamos las obras de las tinieblas. Si fuéramos amigos del mundo, entonces el mundo nos aplaudiría, pero como somos amigos de Dios, es por eso que el mundo nos combate. Las pruebas y luchas nos atribulan, nos hacen tambalear nuestra vida, nos hacen flaquear nuestra fe, nos hacen desmayar nuestro espírtitu, pero hay un Dios poderoso que nos ayudará siempre hasta el último segundo de nuestro suspiro. No importa que tengamos que ser atribulado en muchas maneras; y aunque los mil demonios se levanten en contra nuestra, no nos vamos a detener, lucharemos y los venceremos en el nombre de Jesús. No nos acobardemos, no tenemos el espíritu de temor, de cobardía, sino de poder y dominio propio.

El impío vive atribulado y angustiado por los incidentes que suceden a su alrededor, o por las cosas perturbadoras que ocurren en el mundo entero. El hombre se siente atribulado por cualquier cosa que acontece en el mundo, y es la sencilla razón por no tener a Cristo en su corazón. Los hombres buscan la forma de como escapar de esa tribulación, y toman caminos equivocados que lo llevan a la misma tumba, pero hay otros que en su tribulación buscan a Dios. La tribulación del impío es distinta a la del cristiano; al impío le sobreviene la tribulación por su rebelión y desobediencia a la palabra de Dios; mas la tribulación del cristiano es su lucha contra el antagonismo de un mundo hostil a la palabra del Señor. Cuando se encuentre atribulado por las diversas pruebas difíciles, sepa que Dios le librará de todas ellas. La tribulación es parte del sufrimiento en la vida de Dios, es un sufrir momentáneo que a veces nos desespera y queremos abandonar el camino de Dios. En las tribulaciones es en donde se nos miden el peso del calibre de nuestra valentía, disposición y entrega a las cosas de Dios; si realmente estamos dispuestos a entregar nuestra vida por la causa de Cristo.

“Es necesario que a través de tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hch. 14: 22 )

“… nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia;…” (Ro. 5: 3).

“… el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios” (2 Co. 1: 4).

“…que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos…” (2 Co. 4: 7-9).

“…a fin de que nadie se inquiete por estas tribulaciones; porque vosotros mismo sabéis que para esto estamos puestos” (1 Ts. 3: 3).